Informe de Cochilco reabre el debate global sobre minería submarina. Las proyecciones ubican un inicio después de 2032, con volúmenes acotados y riesgos ambientales relevantes. Para Chile, el impacto en el cobre sería marginal, pero el tema exige definiciones estratégicas en gobernanza y tecnología
El reciente informe de la Comisión Chilena del Cobre (Cochilco) volvió a poner en la agenda un tema que cruza a gobiernos, empresas y científicos: si el fondo del océano puede transformarse en una fuente relevante de metales críticos para la transición energética. El documento ordena escenarios productivos, plazos y riesgos y sirve como punto de partida para un debate global con implicancias económicas, tecnológicas, ambientales y geopolíticas para Chile.
La presión por asegurar suministro de cobre, níquel, cobalto, litio y tierras raras creció con la electrificación del transporte, las baterías y la expansión de redes. En paralelo, la exploración se ha extendido a aguas profundas, donde existen tres grandes tipos de depósitos: nódulos polimetálicos (PMN), costras de ferromanganeso (CFC) y sulfuros masivos polimetálicos (SMS), ubicados entre 200 y 6.000 metros de profundidad. Los PMN —con contenidos de níquel, cobre, cobalto y manganeso— concentran hoy el mayor interés, especialmente en la zona Clarion-Clipperton del Pacífico.
El marco institucional lo fija la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos (ISA). A la fecha existen 31 contratos de exploración: 19 para nódulos, 7 para sulfuros y 5 para costras. La normativa para pasar a explotación —el Código de Explotación— sigue en discusión.
La presión por acelerar responde a seguridad de suministro y geopolítica, mientras que varios países —entre ellos Chile— han planteado una pausa precautoria hasta contar con mayor base científica y estándares ambientales claros.
Plazos y volúmenes: un aporte acotado al mercado del cobre
Las proyecciones técnicas indican un inicio productivo realista entre 2032 y 2036, considerando etapas típicas: prefactibilidad (5–10 años), factibilidad, diseño y construcción (2–4 años), producción (hasta 25 años) y cierre.
En volumen, los escenarios con varios operadores y una puesta en marcha gradual ubican un techo cercano a 373 mil toneladas de cobre al año hacia mediados de la década de 2040. En fases tempranas, la producción sería mucho menor, del orden de 23 mil toneladas anuales. En términos relativos, ese máximo equivale a ≈1,2% de la producción mundial de cobre refinado proyectada. Es decir, incluso en expansión, el aporte sería marginal.
Un dato estructural lo explica: en proyectos basados en PMN, el cobre es subproducto. La distribución de ingresos por tonelada seca muestra que el níquel concentra ~45% del valor, el manganeso ~28%, el cobre 17% y el cobalto 9%. Por eso, la lógica económica se vincula más a baterías y almacenamiento que al negocio tradicional del cobre.
Datos clave:
- Inicio realista: 2032–2036
- Techo de cobre: ~373 mil t/año (mediados de 2040)
- Fase temprana: ~23 mil t/año
- Participación máxima: ≈1,2% del mercado mundial proyectado
- Cobre como subproducto; níquel ~45% del valor
Recursos, tecnología y costos: del potencial geológico a la viabilidad económica
Para Clarion-Clipperton se estiman decenas de miles de millones de toneladas de nódulos secos, con contenidos relevantes de manganeso, níquel y cobalto, y una fracción significativa de cobre y molibdeno. Aun así, recurso no es reserva: la viabilidad depende de tecnología, costos, precios, permisos y aceptación social.
Operativamente, se requieren vehículos mineros de alta tracción, transporte vertical por tuberías —que concentra más del 50% del consumo energético— y buques de soporte con posicionamiento de alta precisión. Para PMN, la lógica es recolección; para SMS, corte y trituración; y para CFC, desprendimiento de costras. Todo a más de 1.500 metros de profundidad.
Aunque existen pilotos, no hay operaciones en régimen a escala industrial, lo que explica plazos largos, altos costos de capital y riesgo tecnológico. Frente a la minería terrestre, hay ventajas teóricas (menos infraestructura en superficie, sin explosivos, sin estériles), pero también desventajas medibles: costos de exploración elevados, incertidumbre tecnológica y restricciones de área por gobernanza internacional.
Impacto ambiental, posiciones técnicas y la mirada desde Chile
Los riesgos identificados incluyen pérdida de biodiversidad, alteración de hábitats, plumas de sedimentos, ruido y luz en ecosistemas profundos y cambios del sustrato. Los análisis advierten que varios efectos podrían ser irreversibles, de ahí la demanda por líneas base científicas y monitoreo independiente antes de autorizar explotación.
En Chile, Sergio Hernández, director de Aprimin enfatiza que que “Chile no tiene las capacidades para desarrollar esta minería ni hay mucho interés por su alto potencial terrestre” y que “la humanidad hoy no tiene las tecnologías suficientes para poder asegurar ningún daño a la biodiversidad marina”.
Desde la academia, Lucía Villar-Muñoz (U. de Chile) indica que podría existir una huella menor en algunas variables, pero con evidencia aún parcial; y Javier Sellanes (UCN) advierte que “es muy difícil reducir los impactos a una fórmula general; hay que verlos caso a caso”, sobre todo en áreas con alto endemismo.
Chile, como Estado parte de la ISA, respalda no avanzar sin reglas claras y base científica robusta. En la práctica, el cuadro es el de una industria con potencial de largo plazo, cronogramas extensos, impacto acotado en cobre y riesgos ambientales significativos, cuyo desarrollo dependerá de avances tecnológicos, definiciones regulatorias y condiciones de mercado.

