Por María José Terré. Directora ejecutiva de WATERisLIFE
La minería chilena ha demostrado algo extraordinario durante los últimos años: cuando existe un desafío complejo, es capaz de innovar, invertir y encontrar soluciones.
Lo hemos visto en energía, seguridad, automatización y, especialmente, en agua. En uno de los territorios más áridos del planeta, la industria ha desarrollado plantas desaladoras, sistemas de recirculación y nuevas tecnologías para reducir su dependencia de las fuentes continentales. Es un avance que merece ser reconocido.
Pero también plantea una pregunta incómoda: si hemos sido capaces de movilizar tecnología, inversión y conocimiento para asegurar el agua necesaria para producir, ¿por qué no hemos aplicado esa misma capacidad para garantizar agua segura a todas las comunidades que conviven con esa producción?
A pocos kilómetros de algunas de las operaciones mineras más sofisticadas del mundo, todavía existen familias que dependen de camiones aljibe o de sistemas de abastecimiento que no siempre logran garantizar agua segura. Y esa contradicción debería invitarnos a reflexionar.
No se trata de decir que resolver este problema sea responsabilidad exclusiva de la industria. No lo es. Garantizar el acceso al agua requiere políticas públicas, inversión estatal y una estrategia nacional de largo plazo. Pero tampoco podemos seguir creyendo que las empresas que desarrollan sus operaciones durante décadas en estos territorios no tienen un rol que desempeñar.
Especialmente una industria que conoce el agua mejor que casi cualquier otra.
Las compañías mineras cuentan con capacidad técnica, recursos, conocimiento del territorio y experiencia para acelerar soluciones que muchas veces tardan años en llegar. Y no siempre hablamos de grandes inversiones. En muchos casos basta con fortalecer un Sistema Sanitario Rural, mejorar una captación, incorporar energía solar a un sistema de bombeo, instalar almacenamiento o apoyar proyectos de agua para escuelas y centros de salud.
Frente a los presupuestos habituales de la industria, son iniciativas pequeñas. Para una comunidad, pueden cambiarlo todo.
Algunas empresas ya han dado pasos importantes en esa dirección, demostrando que es posible construir alianzas que beneficien tanto a las comunidades como al desarrollo de los territorios. El desafío ahora es dejar de ver estos proyectos como acciones aisladas y convertirlos en una forma permanente de entender la sostenibilidad.
Porque hoy la sostenibilidad de una operación minera no debería medirse únicamente por cuánta agua recircula, cuánta agua de mar utiliza o cuánto reduce su huella ambiental dentro de la faena. También debería medirse por el impacto positivo que genera fuera de ella.
¿Qué ocurre con la escuela del pueblo vecino? ¿Con la posta rural? ¿Con las familias que aún viven con incertidumbre sobre su acceso al agua? Responder esas preguntas también es parte del futuro de la minería.
Durante mi trabajo en acceso al agua, tanto en Chile como en África, he comprobado que cuando una comunidad obtiene agua segura no solo mejora su calidad de vida. También cambia la relación entre quienes hacen posible esa transformación y el territorio donde están presentes. El agua genera confianza porque responde a una necesidad esencial.
Durante años hemos hablado de licencia social para operar, de valor compartido y de desarrollo sostenible. Pocas acciones representan mejor esos conceptos que garantizar que las comunidades que conviven con una operación minera también puedan acceder a un recurso tan básico como el agua.
No se trata de reemplazar al Estado. Se trata de comprender que una empresa que permanecerá décadas en un territorio tiene la oportunidad -y, en cierta medida, la responsabilidad- de contribuir a que ese territorio prospere junto con ella.
Chile necesita una minería fuerte, innovadora y competitiva. Pero también necesita una minería que sea recordada por el legado que dejó en las personas.
Quizás el mayor legado que una compañía pueda construir no esté bajo tierra, sino sobre ella: que ninguna comunidad que haya convivido con su operación tenga que seguir preguntándose de dónde vendrá el agua mañana.
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