El ex presidente ejecutivo de Codelco plantea que el próximo salto de la minería chilena no depende solo de tecnología y sostenibilidad, sino de convertir su riqueza en bienestar visible para los territorios
La minería chilena ha cambiado profundamente durante los últimos años. El uso creciente de agua de mar y energías limpias, la incorporación de mujeres y el avance de la automatización muestran una industria que ha comenzado a transformar la manera en que produce.
Para Marcos Lima Aravena, sin embargo, esos avances no resuelven por sí solos uno de los desafíos más complejos que enfrenta el sector. El académico de la Universidad de Chile y la PUC, socio de CIS Consultores, ex presidente ejecutivo y ex director de Codelco, Lima pone el foco fuera de la faena.
A su juicio, la gran deuda está en conseguir que una mayor proporción del valor generado por la minería permanezca en las ciudades y regiones donde se desarrolla, fortaleciendo servicios, oportunidades laborales, educación, salud y economías locales.
En conversación con TerritorioMinero, en el marco del Especial Mes de la Minería, analiza las principales transformaciones del sector, los desafíos ambientales todavía pendientes y una agenda de sostenibilidad que comienza a medirse también por sus resultados territoriales.
Se trata de una reflexión que apunta a una cuestión de fondo: una minería más moderna y eficiente necesita demostrar que su progreso también puede reconocerse en la vida cotidiana de quienes habitan los territorios que sostienen la actividad.
Usted ha observado la evolución de la minería chilena desde la dirección de Codelco, la academia y la consultoría. Desde esa trayectoria, ¿cuáles han sido las transformaciones más profundas de la industria durante los últimos años?
Al hacer un balance de los últimos años, destacaría especialmente tres grandes transformaciones de la minería chilena. En primer lugar, la incorporación creciente del agua de mar en las operaciones mineras y el uso de energías limpias, avances que han permitido reducir la presión sobre los recursos hídricos continentales y avanzar hacia una actividad con menor huella de carbono.
Luego es muy relevante la incorporación masiva de mujeres a la industria, tanto en las operaciones mineras como en las empresas proveedoras y contratistas, lo que ha contribuido a transformar la composición y la cultura del sector.
Finalmente, resaltaría la incorporación intensiva de tecnologías como la automatización y la robotización, que están permitiendo desarrollar operaciones más seguras, eficientes y sostenibles.
En conjunto, estos avances reflejan que hoy existe una mayor conciencia en torno al desafío de construir una minería más verde y baja en carbono, que no solo contribuya al desarrollo económico del país, sino que también avance en la protección de la biodiversidad y en una relación más responsable con los territorios. En este sentido, la minería chilena se ha consolidado como un referente global en la transición hacia una minería más sostenible.
Buena parte de la minería opera con trabajadores que no necesariamente viven en las ciudades donde están las faenas. ¿Qué efectos tiene ese modelo sobre la relación entre la industria, los territorios y la legitimidad social de la actividad?
Uno de los principales desafíos pendientes es avanzar hacia una mayor integración de la actividad minera con los territorios donde se desarrolla. Es necesario superar la práctica de que quienes trabajan en la minería vivan lejos de la actividad propiamente tal, provocando la sensación en las ciudades mineras que estos trabajadores están simplemente de paso y que existe poco vínculo o compromiso con lo que ocurre en el territorio.
La minería genera empleos e ingresos significativos, pero muchas veces las comunidades locales perciben principalmente los costos asociados a la actividad, mientras los beneficios económicos no se traducen de manera suficiente en una mejora concreta de su calidad de vida.
Por eso, el desafío es lograr que una mayor proporción del valor que genera la minería permanezca en los territorios, fortaleciendo las economías locales, los servicios, las oportunidades laborales y el desarrollo de las comunidades.
En definitiva, para que la minería mantenga su legitimidad social, no basta con que sea más eficiente y sostenible desde el punto de vista ambiental: debe ser también una actividad más integrada con los territorios y capaz de generar beneficios visibles y compartidos para quienes conviven con ella.
La discusión ambiental suele concentrarse en agua, energía y emisiones directas. ¿Qué impactos menos visibles de la operación minera deberían comenzar a ocupar un lugar más relevante en las decisiones de la industria?
En materia ambiental, una de las principales urgencias es avanzar desde la medición de las emisiones directas hacia una gestión más integral de los impactos de alcance 3, es decir, aquellos que se generan a lo largo de toda la cadena de valor de la minería, incluyendo insumos, transporte, gestión de residuos y otros servicios asociados a la operación.
La brecha no está solo en cuantificar estos impactos, sino también en comenzar a implementar medidas concretas para su reducción y remediación. Un ejemplo está relacionado con lo planteado anteriormente: medir el impacto de los miles de viajes en avión asociados a los sistemas de turnos 4×3 -que termina siendo 3×4 si se mide la productividad del lunes en la mañana y jueves en la tarde-.
Debería evaluarse alternativas que permitan reducir estos desplazamientos, considerando además la pérdida de productividad que se produce al inicio y término de los turnos.
Otro ejemplo que es un ámbito con gran potencial es la gestión de los residuos orgánicos generados por las operaciones mineras. En lugar de trasladarlos a rellenos sanitarios mediante camiones, es posible procesarlos para obtener agua y fertilizantes, reduciendo emisiones asociadas al transporte y disposición final y, al mismo tiempo, generando beneficios para el entorno.
Este tipo de soluciones demuestra que el desafío ambiental de la minería no pasa únicamente por cumplir compromisos, sino por identificar y gestionar de manera integral aquellos impactos que todavía permanecen fuera del foco principal de las operaciones.
Si la minería es uno de los motores de desarrollo del país, ¿qué características deberían tener las ciudades mineras para que ese aporte se refleje realmente en la calidad de vida de sus habitantes?
Siendo al minería el motor de desarrollo de Chile, las ciudades mineras deben ser un ejemplo de alta calidad de vida: sin pobreza ni campamentos, con educación y salud de clase mundial , actividades culturales y de recreación de alto nivel, como ocurría en Iquique en el auge del salitre, entre otras características.
Todo lo anterior debe surgir en un ambiente de escucha y participación de las comunidades. Mientras ello no suceda, el discurso del valor compartido no tendrá contenido.
Pensando en la próxima década minera, ¿qué compromisos concretos deberían asumir las compañías para que una mayor parte del valor generado permanezca efectivamente en las regiones donde operan?
Para que las regiones y comunidades perciban con mayor claridad los beneficios de la minería, se requiere un compromiso profundo y sostenido de cada empresa minera con los territorios donde opera. Esto implica ir más allá de la generación de empleo y asumir un rol activo en el desarrollo local: preocuparse por la educación de niños y jóvenes, atraer instituciones de educación superior y generar oportunidades para que sus egresados puedan incorporarse a la industria; contribuir a mejorar la atención de salud; además de fortalecer y apoyar a las pymes locales.
En definitiva, se trata de demostrar que la minería no significa únicamente altos ingresos para quienes trabajan en ella, sino que puede y debe convertirse en un motor de desarrollo integral, generando oportunidades, capacidades y una mejor calidad de vida para las comunidades y los territorios donde está presente.
El desarrollo minero también se medirá fuera de la faena
La reflexión de Lima desplaza el debate desde la capacidad de producir más hacia una pregunta más exigente: qué queda realmente en los territorios después de décadas de actividad minera. Tecnología, agua de mar, automatización y reducción de emisiones forman parte de una transformación necesaria, pero el valor social que la industria sea capaz de generar será cada vez más determinante para sostener confianza y legitimidad.
La próxima década obligará a mirar simultáneamente productividad y territorio. Si las ciudades que sostienen parte importante de la riqueza minera continúan enfrentando déficits en vivienda, educación, salud o desarrollo urbano, la distancia entre los resultados de la industria y la experiencia cotidiana de sus habitantes seguirá tensionando esa relación.
El desafío será conseguir que la calidad de vida se transforme en una expresión concreta del desarrollo minero, y no únicamente en una aspiración asociada al crecimiento del sector.

