La cofundadora de Alianza Antofagasta plantea que el desarrollo minero debe traducirse en capacidades permanentes para la región, fortaleciendo proveedores tecnológicos, infraestructura compartida, innovación y una gobernanza territorial capaz de proyectarse más allá de los ciclos productivos
La minería ha avanzado en eficiencia de recursos, sostenibilidad e incorporación de nuevas formas de relacionamiento con los territorios. Para Esther Croudo, cofundadora de Alianza Antofagasta, el siguiente paso exige ampliar esa transformación y vincular con mayor fuerza la actividad minera con las capacidades económicas, institucionales y humanas que pueden permanecer en las regiones.
Antofagasta ocupa un lugar central en esa discusión. Su infraestructura vinculada a desalación y energías renovables, la presencia de grandes operaciones mineras y un ecosistema de proveedores en desarrollo abren, a juicio de Croudo, la posibilidad de construir nuevas actividades económicas a partir del conocimiento, la ciencia y la tecnología, evitando que las capacidades instaladas queden restringidas exclusivamente a las faenas.
En esta conversación del Especial Mes de la Minería de Territorio Minero, Croudo analiza los avances y brechas de la industria, la necesidad de fortalecer una gobernanza territorial de largo plazo y el desafío de consolidar empresas regionales capaces de desarrollar soluciones sofisticadas, escalar sus tecnologías y competir internacionalmente.
¿Cuáles han sido los avances más relevantes de la minería chilena en sostenibilidad, medio ambiente y relación con los territorios?
Los principales avances reflejan una clara orientación hacia la sostenibilidad operativa, la eficiencia de recursos y una mayor integración social.
En esta última dimensión -estrechamente vinculada al quehacer de Alianza Antofagasta- destaca la voluntad de varias compañías por trabajar colaborativamente bajo un enfoque de valor compartido: no limitándose a cumplir con instancias formales de participación ciudadana, sino articulándose activamente para impulsar soluciones concretas.
Este diálogo sostenido es fundamental para generar las confianzas que fortalecen el capital social del territorio y permiten una convivencia virtuosa de largo plazo.
¿Cuál es hoy el principal desafío pendiente para que la minería siga desarrollándose de manera sostenible, competitiva y con legitimidad territorial?
Consolidar una gobernanza territorial sólida e integrada. Ello exige profundizar el trabajo de articulación multiactor, alineando al sector público, la minería, la academia y la sociedad civil en torno a hojas de ruta estratégicas de largo aliento, blindadas de los ciclos políticos y de la volatilidad del mercado.
El gran reto es asegurar que la riqueza e inteligencia que genera la industria trasciendan la vida útil de los yacimientos y se transformen en capacidades institucionales, sociales y humanas permanentes para la región.
¿Dónde debe avanzar con mayor urgencia la industria en materia ambiental y qué brechas siguen abiertas?
La minería chilena ha dado pasos pioneros en sostenibilidad: hoy Antofagasta es la capital de la desalación y de las energías renovables, desacoplando progresivamente sus faenas del agua continental y operando mayoritariamente con matrices limpias.
Esta infraestructura de vanguardia abre una oportunidad extraordinaria: permitir que la capacidad instalada no se quede “dentro de la faena”, sino que se convierta en la plataforma habilitante para atraer nuevas industrias del futuro, como los centros de datos.
La urgencia y la brecha por cerrar radican precisamente en acelerar la transición hacia modelos de infraestructura compartida y multiusuario, asegurando que estas sinergias tecnológicas y ambientales fortalezcan el desarrollo regional sin saturar el territorio.
¿Qué debe profundizarse en la relación entre minería y comunidades para construir mayor confianza y valor compartido?
Debemos profundizar una gobernanza territorial fundada en la simetría, la transparencia y el conocimiento local. Para que la confianza sea real, este marco de colaboración debe traducirse en transformaciones visibles en la vida cotidiana de nuestras comunidades: espacios públicos de alto estándar, infraestructura deportiva y cultural de calidad, conectividad vial eficiente y servicios de salud y educación a la altura de la riqueza que la región aporta al país.
¿Qué debe ocurrir durante la próxima década para que la minería genere mayores oportunidades y capacidades en los territorios?
El gran desafío de la próxima década es consolidar la diversificación económica regional basada en el conocimiento. Necesitamos transitar de la compra de servicios tradicionales a la consolidación de un ecosistema de proveedores tecnológicos de clase mundial: empresas regionales que agreguen valor real a la cadena minera, eleven sus estándares de operación y compitan a escala global con soluciones escalables y exportables.
Cuando el talento regional lidera el desarrollo de soluciones sofisticadas basadas en ciencia y tecnología avanzada (Deep Tech), la minería se transforma efectivamente en una plataforma de innovación con proyección global y valor duradero para el territorio.
De región minera a plataforma de conocimiento
La mirada planteada por Croudo sitúa el desafío de Antofagasta más allá de sostener su liderazgo productivo. La oportunidad está en utilizar la escala de la minería para fortalecer talento, conocimiento, innovación, infraestructura y empresas regionales capaces de competir en mercados más amplios, construyendo capacidades económicas que no dependan exclusivamente de la extracción de minerales.
El desafío de la próxima década será comprobar cuánto de ese potencial logra convertirse en una estructura productiva más diversificada. Si proveedores tecnológicos, ciencia, Deep Tech e infraestructura compartida consiguen articularse, la minería podría actuar como plataforma para desarrollar nuevas ventajas competitivas y dejar capacidades permanentes en el territorio, incluso más allá de la vida útil de los actuales yacimientos.

