Por Pablo T. Silva Jordán. Especialista en Recursos Hídricos de Formation Environmental
Un episodio de contaminación hídrica no afecta solamente a quien genera una contingencia ni interesa exclusivamente a quien debe fiscalizarla. Lo ocurrido en la quebrada Quilmenco, en la cuenca del río Choapa, lo demuestra.
Tras el incidente asociado a Minera Tres Valles, los análisis de la Dirección General de Aguas (DGA) y la Superintendencia del Medio Ambiente (SMA) detectaron aguas abajo una importante acidificación y aumentos en las concentraciones de distintos metales. El pH disminuyó de 7,88 aguas arriba a 4,68 aguas abajo y se registraron incrementos de aluminio, hierro, manganeso, cobre y arsénico.
Pero la información generada a partir de un episodio de estas características tiene valor para muchos más actores. Una minera necesita conocer el comportamiento de la cuenca para gestionar sus riesgos operacionales; una empresa sanitaria, para evaluar potenciales amenazas sobre sus fuentes de abastecimiento; la agricultura, para conocer la calidad y disponibilidad del agua que utiliza; las autoridades, para fiscalizar y adoptar medidas oportunamente; y las comunidades y organizaciones territoriales, para disponer de información confiable sobre el estado de sus recursos hídricos.
La pregunta estratégica, entonces, no es solamente quién produjo una contaminación o quién debe fiscalizarla, sino quién necesita comprender lo que está ocurriendo en la cuenca para tomar mejores decisiones. Los mismos datos pueden responder preguntas distintas dependiendo de quién los utilice.
Para algunos actores será necesario conocer posibles rutas de transporte de contaminantes; para otros, anticipar riesgos sobre pozos y captaciones; evaluar la interacción entre aguas superficiales y subterráneas; proteger actividades productivas; o determinar qué sectores deberían monitorearse prioritariamente.
Esto implica avanzar desde puntos aislados de medición hacia una verdadera infraestructura de información de cuenca. Datos históricos, monitoreo continuo, sensores ambientales, meteorología, hidrogeología, caracterización de suelos y teledetección pueden integrarse mediante herramientas geoespaciales y modelos hidrológicos e hidrogeológicos. El objetivo no es acumular información, sino convertirla en conocimiento útil para responder preguntas concretas de cada usuario.
La sofisticación de estas herramientas tampoco tiene que ser igual para todos. El valor de un modelo depende de la decisión que debe respaldar. Una autoridad puede requerir información para priorizar fiscalizaciones; una sanitaria, alertas sobre la evolución de la calidad del agua en sus captaciones; una operación minera, escenarios predictivos para gestionar riesgos; y una comunidad, indicadores claros y comprensibles sobre la condición de la cuenca. La tecnología debe adaptarse a la pregunta y no la pregunta a la tecnología.
La data adquiere así un valor que va mucho más allá de una emergencia ambiental. Una línea de base permite conocer el comportamiento normal del sistema; el monitoreo ayuda a detectar cambios; la modelación permite evaluar escenarios; y la analítica predictiva puede contribuir a anticipar tendencias. Sin embargo, estas capacidades requieren datos precisos, trazables y técnicamente validados.
El caso de Choapa abre, por tanto, una oportunidad para cambiar la conversación. La gestión hídrica basada en datos no es una herramienta exclusiva para quien enfrenta una contingencia ni para quien tiene la responsabilidad de fiscalizar.
Es una plataforma de información estratégica para todos quienes dependen de una misma cuenca. Compartir una mejor comprensión del territorio permite reducir incertidumbre, anticipar riesgos y tomar decisiones con mayor evidencia.
En un escenario de creciente presión sobre los recursos hídricos, la ventaja estará en pasar de preguntarse qué ocurrió a poder anticipar qué podría ocurrir, dónde, a quién podría afectar y qué decisiones conviene tomar antes de que suceda.
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